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Políticas de Estado y la soledad de los adultos mayores. Por Ricardo Lorenzetti

La imagen de una persona sentada sola frente a un televisor inútil, pidiendo una vejez sin temores, la describió «Sui Generis» hace más de veinte años. Algunos países lo consideraron una Política de Estado: crearon un Ministerio de la Soledad, dictaron leyes para obligar a los hijos a visitar a los padres, dispusieron políticas de aislamiento cero, o programas de envejecimiento digno.

La soledad de los adultos mayores es tan relevante que debe ser motivo de políticas públicas.

La legislación del siglo XX distinguió entre los que trabajan activamente y los que se jubilan, que al llegar a la década de los sesenta años pasan a ser la «clase pasiva». Estas leyes se basaban en que este grupo era poco numeroso, constituido por personas que vivirían poco tiempo más y se sostenían con los ahorros que habían efectuado en su vida activa. Todo eso cambió.

En nuestros tiempos existe un sector cada vez más grande de personas que pueden vivir hasta los 80 o 90 años. El tiempo de su primer trabajo es igual o menor al tiempo que pasan después de jubilarse, sus gastos aumentan considerablemente por el costo de la medicina de la «tercera edad», y todo esto impacta en el sistema de seguridad social, abriendo un debate que es conocido sobre este tema.

Una vida extensa es difícil dentro de un contexto de cambios tecnológicos acelerados. Por ejemplo: una persona de que hoy tiene 90 años tuvo una infancia donde no existían las cocinas, heladeras, aire acondicionado, trasplantes de corazón, automóviles, teléfonos, aviones, viajes a la luna o la televisión. Una persona que hoy tiene 30 años asistió al nacimiento de los teléfonos inteligentes, Internet, Google, YouTube, Amazon, Facebook, tecnologías médicas increíbles, automóviles no guiados, las series en Netflix o la moneda electrónica.

Los adultos mayores padecen la tecnológica, los adelantos los superan, no entienden lo que pasa a su alrededor, tienen que preguntar a los de menor edad cómo hacer para usar un teléfono o cobrar la jubilación en el «home banking». Las posibilidades de ganar su propio ingreso en un mundo de trabajos basados en una tecnología que se desconoce disminuyen considerablemente.

En este aspecto, tampoco el grupo de parientes o amigos puede cumplir funciones de contención como se hacía antiguamente. En otros tiempos, se trabajaba en la unidad económica familiar y los hijos podían sostener a los padres cuando fueran adultos. En nuestro tiempo, cada uno trabaja o vive o tiene relaciones fuera de la familia y la adolescencia se extiende cada vez más, todo lo cual lleva a una existencia individual. En otros tiempos la solidad era percibida como extraña, casi estigmatizante, como regla social. Pero ahora vivir solo, comer solo, salir solo es un comportamiento culturalmente masivo.

Resumiendo, el problema social es que existe un numeroso grupo de personas adultas en soledad que terminan la vida laboral tradicional, viven en un entorno tecnológico que les resulta cada vez más incomprensible y tienen familias o amigos que no pueden hacerse cargo de la contención.

Nos duelen las tragedias individuales: el jubilado que no puede pagar sus medicamentos; la persona que se queda sola en su casa sin poder pagar una atención y cuidado; el que tiene capacidades disminuidas; el que se le corta la luz y vive solo; el que tiene un trabajo, como los artistas, que involucran esfuerzos personales que no se pueden sostener toda la vida. También duele a los familiares o amigos que quieren ayudarlos pero no pueden. Es demasiado para que cada uno se arregle a su manera.

Hay numerosas medidas que se pueden implementar en una Política de Estado:

-La educación continua, para que las personas puedan tener otros trabajos o actividades coordinando la acción de las universidades, escuelas, y asociaciones;

-La asistencia médica, el subsidio del precio de los medicamentos, la atención psicológica vinculada al dolor y los miedos;

-La interacción entre las neurociencias y las políticas públicas (tema que mencionamos con Facundo Manes en un diálogo publicado en Infobae que se enfoca en el discernimiento y la tutela de las personas adultas como sujetos vulnerables);

-Promover la sociabilidad, los lugares de encuentro de personas solas. En este sentido la tecnología ayuda, las páginas web, los coros, los juegos colectivos, los paneles de debate, todo lo cual requiere una organización más planificada que la actual;

-Los incentivos a las empresas que brinden servicios a los adultos y que, además, les den empleo. Hay muchas compañías que se enfocan en los adultos como consumidores de turismo, alimentos, casas especiales, ropa, etc.

Tal vez lo más importante sean los sentimientos, la compasión, la solidaridad y los valores de respeto a los mayores.

En este sentido, debemos considerar que es la primera vez en la historia de la humanidad en que una generación transmite el conocimiento a la anterior. Es lo que sucede con la tecnología, que evoluciona tan rápido que los niños les enseñan a los adultos cómo manejar el celular, la computadora o los juegos.

Esta afirmación se refiere a la técnica, pero no a la sabiduría, ya que los problemas de celos, disputas de poder, o la desorientación espiritual son similares, ya sea en la época de Sócrates, la de Shakespeare o en la actual.

Los adultos tienen la experiencia que puede ser sabiduría, que hay que apreciar en una sociedad que avanza en la tecnología y se retrocede en los valores.